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Stanley Kubrick, un racionalista en la edad de la sinrazón

| Adrián Muoyo | 13.Julio 00 |
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Para alguien medianamente atento a las noticias cinematográficas, marzo de 2000 ha sido un mes eminentemente kubrickiano. No sólo porque el día 7 se cumplió un año de la muerte del realizador de Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut) sino debido a que se conocieron importantes novedades referidas a su figura, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Al relanzamiento argentino de varias de sus obras en video por parte de AVH se ha sumado la confirmación de Steven Spielberg acerca de sus intenciones de rodar A.I. (Artificial Intelligence), el proyecto postrero del cineasta desaparecido. Por último, a casi treinta años de su estreno comercial, La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971) se podrá ver en Inglaterra, donde Kubrick había impedido que se proyectara debido a los cuestionamientos de la censura local a las violentas escenas del filme. Justamente, en el recuadro donde se anuncia esta noticia aparecido en uno de los grandes diarios argentinos, se afirma que tanto Kubrick como su película eran de nacionalidad inglesa, un error sutil, repetitivo pero no exento de raras implicaciones.

Durante casi cuatro décadas Kubrick filmó en Gran Bretaña, lo cual es la principal razón para que muchas personas lo consideren inglés. Esto, sin embargo, es una pieza más en ese singular juego de contraposiciones que fue la vida del realizador neoyorquino que filmaba con meticulosidad británica su aspiración de tratar temas universales. Un independiente que hacía cine de géneros para las grandes productoras y lograba enrojecer a los más testarudos defensores del «cine de autor». En su búsqueda de la perfección, llegó a repetir setenta y cinco veces una toma para disgusto de sus actores, muchos de los cuales no quisieron volver a trabajar con él aunque algunos le deban la mejor interpretación de sus carreras. En suma, se trataba de un hombre de la Ilustración atrapado en el cruel y desesperanzado siglo XX.

New York, Inglaterra

Los primeros años de Kubrick -nacido el 26 de julio de 1928- no difirieron mucho con los de cualquier joven de clase media oriundo del Bronx. En pleno apogeo del be-bop, a mediados de los años ´40, se sentía tan atraído por el jazz que quería ser baterista profesional. La cámara de fotos que le regaló su padre -un cirujano aficionado a la fotografía- le cambió las aspiraciones y, por lo tanto, la vida. Comenzó a maravillarse con la imagen y a descubrir los secretos del encuadre. Gracias a esto consiguió su primer trabajo, al convertirse en reportero gráfico de la revista Look.

La labor que le abrió las puertas de la publicación fue algo tan norteamericano como la imagen de un diariero rodeado de periódicos que anunciaban la muerte del presidente Franklin D. Roosevelt, en abril de 1945. En forma paralela, comenzó a ver mucho cine, en especial el que era proyectado en la Cinemateca del Museo de Arte Moderno de Nueva York (M.O.M.A.)[i]. Es allí donde descubrió -en sesiones diarias- a los realizadores que tendría como referente en su cine, tal el caso de Max Ophüls, un notable director alemán que realizó gran parte de su obra en el exilio francés[ii].

La opción definitiva por el cine surgió en 1950 como consecuencia de una conversación con Alexander Singer -un ex compañero de estudios que trabajaba en el noticiero «The March of Time»[iii]-, quien le comentó que un corto de un rollo salía cuarenta mil dólares. Kubrick estimó que él podría hacerlo por mil quinientos si se encargaba de todos los rubros técnicos.

Aún así  Day of the Fight (El día de la pelea, 1951) -su primer cortometraje- costó 3.900 dólares pero al ser comprado por RKO en 4.000 le dio el primer espaldarazo para continuar su carrera en el cine. Tanto en su siguiente corto -Flying Padre (El padre volador, 1951)- como en Fear and Desire (Miedo y deseo, 1953) y Killer´s Kiss (El beso del asesino, 1955), sus dos primeros largos, Kubrick se encargó de los rubros técnicos principales.

Es decir  fue director de fotografía, montajista, guionista, productor y realizador. Su aprendizaje profesional se limitó a las instrucciones sobre el manejo de la cámara Mitchell que le dio Bert Zucker, el hombre que le alquiló el equipamiento de filmación. Es con estos conocimientos cinematográficos y la experiencia acumulada en estos primeros filmes [iv] que Kubrick decidió abordar el cine negro, un género caro a la cultura popular estadounidense.

Asociado con James B. Harris adaptó la novela Clean Break, de Lionel White, y el filme fue producido por la United Artists, el mítico estudio fundado por Charles Chaplin, David W. Griffith, Mary Pickford y Douglas Fairbanks. Casta de malditos (The Killing, 1956) es la historia de un fallido asalto al hipódromo por parte de un grupo de verdaderos perdedores, de seres desesperados encabezados por un frío cabecilla que pretende escapar de su destino de miseria. Un argumento típico del género cuyo mérito no es de contenido sino de forma. El relato recurre a varios flash-back que relatan el mismo episodio desde visiones diferentes. Es probable que el  juego preciso del tiempo y del espacio, esa posibilidad casi divina de poder asistir a los diferentes puntos de vista del camino hacia la frustración haya atraído a Kubrick a la hora de filmar. Casta de malditos revela también una constante kubrickiana. Aquella de abordar un género para dejar la impronta personal.

En este caso particular no sólo se vale de los arquetipos del cine negro -el policía corrupto o el delincuente fracasado- sino también de sus rostros. Sterling Hayden y Elisha Cook Jr. -por nombrar tan sólo un par- son actores secundarios reconocibles de la tradición noir que aquí asumen papeles protagónicos.

A partir de esta construcción formal Kubrick desliza ya algunos planteos que le permitirán poner en crisis la escritura clásica desde adentro del sistema. Como Hitchcock en su estilo, fuerza los límites de la narrativa tradicional para ampliar sus fronteras. Modificar sin destruir. En Casta de malditos la cámara y sus movimientos descubren al autor y a la vez apuntalan la acción. Es cine negro del mejor y también es Kubrick.

La patrulla infernal (Paths of Glory, 1957), su siguiente proyecto, surgió a raíz del recuerdo de una novela que había leído en su juventud, escrita por Humphrey Cobb, donde se denunciaban los fusilamientos «ejemplificadores» de soldados franceses por parte de sus propios oficiales para evitar «actos de cobardía». El filme pudo realizarse debido al apoyo de Kirk Douglas, un referente del Hollywood clásico, quien aceptó protagonizarlo a cambio de un tercio del presupuesto de 900.000 dólares.

Los escasos fondos motivaron que en plan de ahorro la película se rodara en Munich, con la utilización de miembros de la policía alemana como extras para las escenas del frente bélico. La filmación en Europa evitaba también los resquemores que podía provocar en Estados Unidos una obra que -más que denunciar las atrocidades de la guerra- socavaba el mismo concepto de la legitimidad de la autoridad establecida cuando no se respetan los principios morales. La patrulla infernal le trajo a Kubrick sus primeros problemas con la censura, en especial en Francia, Bélgica y España. Pero también le enseñó las ventajas de rodar una producción norteamericana lejos de Hollywood.

Espartaco (Spartacus, 1960) fue su mayor acercamiento al más anquilosado sistema de estudios. Pero el proyecto no era de Kubrick sino de Kirk Douglas, quien lo convocó luego del alejamiento del director Anthony Mann. El actor, quien también oficiaba de productor, condicionó de tal modo el trabajo de Kubrick que este último nunca reconoció a la obra como propia. Consideraba que había hecho lo mejor que pudo con un argumento flojo [v]. Además de los problemas propios de una producción fuera de su absoluto control, el realizador de 2001 tuvo también problemas con la censura norteamericana.

Toda una escena marcadamente homosexual jugada entre Tony Curtis (Antonino) y Laurence Olivier (Marco Craso) fue eliminada el montaje final [vi]. La solución para resolver el problema del manejo total de las películas parecía ser y de hecho lo fue- trabajar en Europa con el dinero de Hollywood.

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