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Stanley Kubrick, un racionalista en la edad de la sinrazón

| Adrián Muoyo | 13.Julio 00 |
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Mucho se ha dicho sobre las razones de Kubrick para abandonar los Estados Unidos. Algunos entusiastas críticos de la estructura de producción hollywoodense ven en esta actitud un acto de total rechazo del director hacia su país natal. Nada más alejado de la realidad. Según Michael Herr -quien fue su guionista en Nacido para matar (Full Metal Jacket, 1987)- «no era Estados Unidos lo que no podía soportar, era Los Angeles».

El escritor sostuvo en julio pasado en una nota publicada en la influyente revista Variety [vii] que Kubrick era un habitual consumidor de la cultura popular norteamericana. Incluso para su adaptación de La naranja mecánica usó la versión de la novela de Anthony Burgess que se editó en Estados Unidos, que contenía un capítulo menos. Las series televisivas Seinfield, Roseanne y Los Simpson estaban entre sus favoritas. Por esta razón no es de extrañar que en 1961 eligiera a Sue Lyon, una joven actriz que había visto en El show de Loretta Young, para protagonizar Lolita, basada en la novela homónima de Vladimir Nabokov que relataba la enfermiza pasión de un profesor maduro por una preadolescente.

La filmación de Lolita en Inglaterra responde a motivos muchos más prosaicos que los de un desafiante gesto de rebeldía hacia Hollywood. La Metro-Goldwyn-Mayer, compañía que distribuía la película, tenía unos fondos inmovilizados en Gran Bretaña por lo que la única manera de utilizarlos era a través de un filme realizado allí. Además, el rodaje en Londres aseguraba disminuir la presión de los sectores conservadores de los Estados Unidos. Aún así, las protestas de la Legión Católica de Decencia y las pautas del Código de Producción provocaron que Kubrick atenuara los aspectos más ríspidos y eróticos del obsesivo apasionamiento del profesor [viii]. Por otra parte, la adaptación al ritmo de trabajo de los técnicos británicos fue traumática [ix]. El realizador estaba enfurecido con los largos descansos para tomar el té. En un director tan compenetrado con sus proyectos tal falta de constricción al trabajo era lo más parecido a un pecado capital.

La siguiente película de Kubrick, Dr. Insólito o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1963) se debió rodar en Londres debido a los problemas legales derivados del divorcio del actor Peter Sellers. Esta sátira sobre el peligro nuclear se filmó en su mayor parte en los estudios Shepperton de la capital británica y propició la definitiva instalación de Kubrick en Inglaterra. Para el comienzo de la pre-producción de 2001: Odisea del espacio (2001, A Space Odissey, 1968), estaba tan aclimatado a la forma de trabajo inglesa que ya no se movilizó de allí [x]. Consideraba que «después de Hollywood, Londres es probablemente el mejor lugar para hacer una película» [xi]. Aunque para ser fiel a la verdad hay que revelar que en esta decisión pesó también un rasgo característico de la personalidad paranoica del cineasta. Enterado de los márgenes de seguridad reales que manejaban las compañías aéreas, Kubrick decidió no viajar nunca más en avión, por lo que a mediados de los años setenta se movilizaba sólo en auto -que no superara las treinta millas por hora en calles y las ochenta en la autopista- y en barco. Los sucesivos progresos en materia de comunicación favorecieron su inmovilidad e aislamiento [xii].

Los estudios y las calles londinenses dieron a Kubrick todo lo necesario para montar los universos de sus filmes. 2001 se rodó en su mayor parte en Shepperton y en Boreham Wood, aunque la distancia no pudo -una vez más- evitar las presiones de Hollywood [xiii], que sin embargo no afectaron el resultado final. Para concretar el aspecto de un futuro cercano y decadente en donde ambientar La naranja mecánica Kubrick consultó y estudió varias revistas de arquitectura. En el caso de Barry Lyndon (1975) la inspiración para la estética del filme provino de la pintura del siglo XVIII, por lo que se buscaron residencias de la época. Los estudios cinematográficos de Boreham y EMI reprodujeron los escenarios de El resplandor (The Shining, 1980) en base a un detallado ensayo fotográfico del director artístico Ray Walker de los hoteles, hospedajes y departamentos de los Estados Unidos. Los restos de una central de gas abandonada sirvieron para recrear la aldea vietnamita de Nacido para matar. Próxima a ser demolida, muchos de sus muros fueron especialmente destruidos para la filmación. Como cierre paradójico de su carrera, Kubrick reprodujo su Nueva York natal en las afueras de Londres para Ojos bien cerrados.

Realidad y ficción

A esta altura cabe preguntarse si la confusión acerca de la nacionalidad de Kubrick y su obra se centra tan sólo en una cuestión de locaciones. Claro que puede afirmarse que su actitud distante hacia todo el exhibicionismo propio del negocio cinematográfico y de Hollywood en particular, su negativa a dar reportajes y su voluntario ostracismo en Inglaterra contribuyeron a cimentar esta imagen. Poco a poco el cineasta construyó un personaje, aislado e intocable, que se fagocitó al ser humano. Se convirtió en una leyenda aún antes de su muerte. Como tal, es equiparable a otros personajes que representan el imaginario inglés, originados en la literatura. Kubrick mítico es, en su maníaco perfeccionismo, comparable a Phileas Fogg, el protagonista de la novela La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne. Este caballero «matemáticamente exacto» era capaz de prescindir a un criado por equivocar en un  grado centígrado la temperatura del agua para afeitarse así como el realizador de 2001 podía dibujar y marcar las pisadas de los soldados en las trincheras de La patrulla infernal o amenazar con el despido a quien osara sacar fotos dentro del set de filmación. Obsesionado con los detalles, como Sherlock Holmes, estudió los cuadros de los mejores pintores del siglo XVIII -en su mayoría británicos- y recreó algunos de ellos en las escenas de Barry Lyndon. Para conseguir el mismo efecto lumínico que las telas rodó con luz natural, mediante la utilización de un objetivo diseñado por la NASA para los satélites que él mismo se encargó de modificar con la ayuda del fotógrafo John Alcott.  En 2001 se asesoró con varias empresas (IBM, General Electric, Panam) para diseñar una visión realista del futuro y hasta llegó a intentar contratar un seguro contra la eventualidad de un encuentro con extraterrestres antes del estreno del filme,  posibilidad que fue rechazada por la famosa firma Lloyd´s. En El resplandor proyectó algunas escenas en función de la cámara Steadycam [xiv], que fue operada por Garrett Brown, el inventor del artilugio.

Supervisaba en forma febril todo el proceso de producción de sus películas y vigilaba su distribución. Ejercía un control total sobre el destino de su obra al punto que solía verificar la calidad de las copias de sus filmes que se exhibían y el estado de las salas donde se los proyectaba.

Fascinado con la lógica y la mente, al igual que Holmes, Kubrick pasó varios años obsesionado con llevar al cine la figura de Napoleón. Veía en el emperador francés la suma de todas sus preocupaciones: el militarismo, las relaciones de poder, la violencia y el cambio social. Lo consideraba el creador del mundo moderno, con todo lo que ello implica. Es probable que también existiese un plano de identificación personal con Napoleón, un egocéntrico que desde su genio trataba de manejar todos los hilos de la política mundial. Un cerebro que a partir del imperio de la razón pretendía dominar su tiempo así como Kubrick quería regir el universo de su obra. Es que, aunque excede las pretensiones de este simple trabajo aproximativo, el tema del poder del pensamiento humano es uno de los cimientos básicos del legado kubrickiano. «El sueño de la razón produce monstruos» afirmaba Goya y el realizador de La naranja mecánica parece avalarlo. En Dr. Insólito la hecatombe nuclear nace de la desquiciada mente de un general -llamado Jack D. Ripper [xv]-  al que los concienzudos responsables de los sistemas de seguridad nacionales no pueden detener. 2001 enfrenta al hombre a una inteligencia extraterrestre, superior y diferente que hecha por tierra cualquier concepto antropocéntrico.

En La naranja mecánica la represiva sociedad industrial no logra doblegar, finalmente, la naturaleza violenta de la mente del protagonista. Barry Lyndon husmea en las miserias humanas que se producen en el siglo XVIII, un período fundamental en la génesis del pensamiento contemporáneo. El resplandor es la historia de la progresiva perturbación de la razón del cuidador del hotel Overlook. La guerra como provocadora de la degradación de la conciencia es una de las cuestiones elementales de Nacido para matar. En el filme póstumo de Kubrick, las tensiones internas del acomodado matrimonio Hardford (Tom Cruise y Nicole Kidman) no quedan a la vista sino pasan por la cabeza de los protagonistas, justo detrás de los Ojos bien cerrados.

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