¿Hay alguien que se anime a contradecir mi aseveración anterior de que ni una sola persona en el mundo sabe cómo hacerme? En realidad, millones de seres humanos tienen parte activa en mi creación, ninguno de lo cuales conoce más que a unos poco de lo otros. Ahora bien, ustedes pueden decir que voy demasiado lejos al relacionar mi creación con un cosechador de granos en Brasil y con granjeros en otros lugares; que es una posición extrema.
Pero mantengo mi argumento. No hay una sola persona precindible en todos estos millones, incluyendo al presidente de la compañía de lápices, quien sólo contribuye con una pequeña, una infinitesimal fracción de conocimiento. Desde el punto de vista del "know how", la única diferencia entre el minero de grafito en Ceylán y el leñador en Oregon está en el tipo de "know how". Ni el minero ni el leñador pueden ser eliminados del proceso, tampoco el químico de la fábrica o el trabajador en el campo petrolero, por ser la parafina un subproducto del petróleo.
Aquí les presento un hecho sorprendente: ni el trabajador en el campo petrolero, ni el químico, ni el minero, ni los marineros, ni los constructores de barcos o ferrocarriles o camiones, ni el que tornea mi pieza de metal, ni el presidente de la compañía maderera, realizan su tarea específica "porque me quieren a mi". Cada uno me quiere menos de lo que me quiere el alumno de primer grado. En efecto, hay algunos, en esta vasta multitud, que nunca vieron un lápiz, ni sabrían como usarlo. Su motivación es otra. Tal vez es algo así: cada uno de estos millones ve que puede intercambiar su pequeño "saber hacer", por los bienes y servicios que necesita o quiere. Yo puedo, o no, estar entre esos bienes.
Hay un hecho aún más asombroso: la ausencia de un control central, de una mente nuestra que dicte o dirija estas incontables acciones que me traen a la existencia. No se pueden encontrar ni los rastros de tal persona. En cambio, encontramos la "mano invisible" trabajando. Este es el misterio al que me refería antes. Se ha dicho que "sólo Dios puede hacer un árbol".¿Por qué estamos de acuerdo con esto? ¿No es acaso porque nos damos cuenta de que nosotros no podríamos hacer uno? Más aún: ¿podemos siquiera describir un árbol? No. No podemos, excepto en términos superficiales. Podemos decir, por ejemplo, que una cierta configuración molecular se manifiesta como un árbol. ¿Pero qué mente entre los hombres puede registrar, y menos aún dirigir, los cambios moleculares constantes que transcurren en la vida de un árbol? ¡Tal proeza es absolutamente inimaginable!
Yo, el lápiz, soy una combinación compleja de milagros: un árbol, zinc, cobre, grafito, etc. Pero todos estos milagros que se manifiestan en la naturaleza se les agrega un milagro aún más extraordinario: la estructuración de la energía creativa humana, millones de pequeños conocimientos configurados natural y espontáneamente, en respuesta a la necesidad y el deseo humanos, ¡inclusive sin la presencia de una mente humana rectora! Ya que sólo Dios puede hacer un árbol, insisto en que sólo Dios podría hacerme. El hombre no puede dirigir estos millones de conocimientos necesarios para crearme, al igual que no puede organizar las moléculas para crear un árbol.
A esto me refería cuando escribí: "Si pueden ser concientes del milagro que simbolizo, pueden salvar la libertad que la humanidad lamentablemente está perdiendo". Ya que si uno asume que estos conocimientos se organizan natural y automáticamente en patrones productivos y creativos, en respuesta a las necesidades y demandas humanas (es decir en la ausencia de un control coercitivo centralizado o gubernamental), entonces uno poseerá un ingrediente absolutamente esencial para la libertad: la fe en la gente libre. La libertad es imposible sin esa fe.
Una vez que el gobierno tiene el monopolio de la actividad creativa, como por ejemplo la entrega de la correspondencia, la mayoría de los individuos cree que el correo no podría ser entregado en forma eficiente por hombres que actúan libremente. Y ésta es la razón: cada uno reconoce que él solo no sabe como hacer todas las cosas que participan de la entrega de las cartas. Cada uno también reconoce que ningun otro individuo podría hacerlo. Estos supuestos son correctos. Ningún individuo posee el suficiente conocimiento para realizar la entrega del correo, de la misma forma que ningún individuo posee el suficiente conocimiento para hacer un lápiz. En ausencia de la fe en la gente libre, en la falta de conciencia de que millones de pequeños conocimientos pueden, natural y milagrosamente, organizarse y cooperar para satisfacer esta necesidad, el individuo no puede sino alcanzar la conclusión errónea de que el correo tiene que ser procesado por una "mente maestra" gubernamental.
Si yo, el lápiz, fuera el único capaz de ofrecer testimonios sobre lo que los hombres pueden lograr cuando son libres, aquellos con poca fe tendrían un argumento razonable. Sin embargo, hay testimonios por doquier: están a todo nuestro alrededor. Entregar el correo es extremadamente simple cuando se lo compara, por ejemplo, con hacer un automovil, como un ordenador, una planta quíimica, una prensa u otros miles de cosas.
¿Transporte? En esta área, cuando a los hombres se les ha dado la libertad para probar, han logrado transportar voz, imagen e información alrededor del mundo, en una fracción de segundo. Han logrado transportar cientos de pasajeros de Nueva York a París en menos de cinco horas; han logrado llevar gas desde Texas hasta las estufas de Boston, a precios increíblemente bajo y sin ningún subsidio; de hecho, han logrado transportar dos kilos de petróleo del Golfo Pérsico a la costa este de los Estados Unidos ¡por menos de lo que el gobierno cobra por entregar una carta de 30 gramos a una calle de distancia!
Dejen que todas las energías creativas participen sin inhibiciones. Simplemente organicen la sociedad para actuar en armonía con esta lección. Dejen que el aparato legal de la sociedad remueva todos los obstáculos como mejor pueda. Permitan que estos conocimientos creativos fluyan libremente. Tengan fe en que los hombres responderan a la mano invisible. Esta fe se verá confirmada. Yo, el lápiz, tan simple como parezco, ofrezco el milagro de mi creación como testimonio de que ésta es una fe práctica, tan práctica como el sol, la lluvia, el cedro y la tierra.
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